Cada vez que una startup coreana me dice que quiere expandirse globalmente, suelo hacer una pregunta: ¿han pensado en América Latina?

Muchas veces hay una pausa. Estados Unidos, Japón, Sudeste Asiático o Europa aparecen rápido. América Latina, bastante menos.

Lo curioso es que algunas de esas compañías están desarrollando precisamente tecnologías con aplicaciones relevantes para nuestra región: soluciones para minería, agua, agricultura, energía, manufactura avanzada o automatización industrial.

Del otro lado pasa algo parecido. Cuando hablo con founders latinoamericanos interesados en Asia, muchas veces encuentro interés, pero no demasiada claridad sobre qué mercado tiene sentido, cómo se construyen relaciones y cómo funcionan los procesos de decisión en cada mercado.

Llevo más de diez años trabajando en innovación y emprendimiento, especialmente en América Latina, y durante los últimos tres he sumado una nueva capa a esa experiencia: entender Asia desde el terreno. Vivir en Corea y moverme profesionalmente entre ambos ecosistemas, conversando con founders, fondos, corporativos e instituciones, me ha hecho pensar que el problema entre Asia y América Latina no parece ser la falta de oportunidades, sino la dificultad para identificarlas y leerlas correctamente.

Nos cuesta interpretarnos. Y cuando un mercado no se entiende bien, difícilmente se transforma en una prioridad.

La reciente visita del presidente surcoreano Lee Jae Myung a Sudamérica puede ser una señal de que algo empieza a moverse. En su gira por Brasil, Chile y Argentina, la agenda incluyó comercio, inversión, minerales críticos, cadenas de suministro, energía y cooperación tecnológica. Más allá de los acuerdos específicos, quizás lo más interesante sea que Corea y América Latina parecen estar empezando a mirarse con mayor atención.

Corea busca nuevos mercados, mayor diversificación en sus cadenas de suministro y nuevas oportunidades para tecnologías competitivas globalmente. América Latina enfrenta desafíos importantes en productividad, infraestructura, digitalización y modernización industrial, al mismo tiempo que cuenta con sectores donde existe mucho espacio para aplicar nuevas soluciones.

En papel, el match parece interesante. En la práctica, no siempre es tan sencillo.

Una startup coreana puede tener una excelente tecnología para minería y no saber si debería empezar por Chile, Perú, México o Brasil. Puede no conocer quién toma la decisión de compra, cuánto demora un proceso comercial, qué tipo de partner necesita o cuánto debería adaptar su producto. Un emprendedor latinoamericano que mira Corea puede encontrarse con dudas muy similares.

Ahí aparece una parte de la internacionalización que muchas veces subestimamos. La distancia geográfica puede gestionarse. Mucho más difícil es reducir la distancia de contexto: entender cómo se construye confianza, qué señales importan, cómo se toman decisiones y cuándo una oportunidad es real o simplemente una conversación.

Corea busca nuevos mercados, mayor diversificación en sus cadenas de suministro y nuevas oportunidades para tecnologías competitivas globalmente. América Latina enfrenta desafíos importantes en productividad, infraestructura, digitalización y modernización industrial.

Sería interesante que este acercamiento entre ambas regiones no quedara limitado a una lógica tradicional de intercambio, en la que Asia aporta tecnología y América Latina principalmente recursos naturales.

La relación puede ser bastante más rica. Podemos pensar en pilotos conjuntos, distribución, inversión, joint ventures, co-desarrollo tecnológico, startups asiáticas resolviendo problemas latinoamericanos y startups latinoamericanas entrando a mercados asiáticos. También en capital y conocimiento moviéndose en ambas direcciones.

Por eso me parece que el próximo capítulo de esta relación probablemente no se construya únicamente a partir de tratados, delegaciones comerciales o visitas presidenciales. Todo eso abre puertas. Pero después alguien tiene que cruzarlas.

Y, muchas veces, alguien tiene que ayudar a construir el puente.

Entre ecosistemas con códigos y formas de hacer negocios diferentes, no siempre alcanza con identificar una oportunidad. Hace falta contexto, confianza y personas u organizaciones capaces de conectar las piezas correctas: acercar a quienes deberían hablar entre sí, traducir expectativas y acompañar el camino desde una primera conversación hasta una relación concreta.

Cuanto más conozco ambos ecosistemas, más difícil me resulta ignorar el fit. Las piezas están ahí. Quizás el siguiente paso sea conectarlas mejor y convertir esa complementariedad en relaciones y negocios reales.

María Noel de la Paz

Directora de la consultora de innovación .dots, desde Seúl