El lema oficial de BIO Asia-Taiwan 2026, que tuvo lugar hace un par de semanas, fue "Asian Inspiration, Global Impact". Pero América Latina, la región que probablemente tenga la mayor reserva de biodiversidad genética del planeta, y una capacidad clínica que muchos subestiman, no estuvo representada en ningún pabellón nacional en esa feria.

Y valía la pena estar, porque Taiwán es un hub cada vez más relevante. Su industria biotecnológica factura más de USD 25.000 millones al año y registra entre 300 y 400 ensayos clínicos por millón de habitantes, contra un rango de apenas 1 a 30 como promedio en América Latina.

En lo financiero, su bolsa de valores (TWSE) diseñó marcos de cotización específicos para que las biotecnológicas se capitalicen sin depender solo de fondos extranjeros. Y el Investment Summit de la exposición reunió este año a más de 100 inversionistas internacionales y firmas de capital de riesgo, donde los organizadores tenían programadas más de 10.000 sesiones de matchmaking y alianzas para facilitar acuerdos de R&D, contratos CDMO (organizaciones de desarrollo y fabricación por contrato), inversiones y licencias.

Esta no fue una feria científica, fue un foro de negocios para una industria estratégica del siglo XXI.

América Latina tiene el atractivo innegable de proyectar que su mercado de biotecnología crezca de los USD 77 mil millones de 2024 a más de USD 277 mil millones para 2034. Un auge fuertemente determinado por desarrollos en biofarmacia (en especial biosimilares) y en biotecnología aplicada a la agricultura y la minería.

El promedio de competitividad biotecnológica global de la región es de 59%, según el índice BCI 2025 (Biopharmaceutical Competitiveness & Investment), que no está mal, con algunos líderes claros como Costa Rica (70% BCI), Chile (68%), México (65%), Brasil (61%), Argentina (58%) y Colombia (53%). En comparación, Taiwán obtiene 80%.

Cada uno de esos mercados tiene sus propias fortalezas y debilidades, pero casi todos destacan en investigación clínica, con índices en torno al 70% y más en esa métrica. Los desafíos están en la regulación, el acceso al mercado y la protección de propiedad intelectual, con diferencias en cada caso particular.

Esos números no hablan de una falta de talento científico. El problema aparece después: cuando ese conocimiento tiene que convertirse en una patente, un contrato o una empresa que sobreviva más de dos rondas de financiamiento.

Ahí está el "Valle de la Muerte" del biotech latinoamericano: la región concentra el 8% de la población mundial, pero apenas el 1% de las exportaciones farmacéuticas globales. Y el problema no está en el laboratorio.

Colombia lo ilustra con un ejemplo incómodo. En 2017, el gobierno impuso una licencia obligatoria sobre el medicamento Dolutegravir (que combate el VIH) para abaratar su acceso, una decisión de salud pública defendible. El costo fueron casi 9 puntos menos en protección de propiedad intelectual dentro del mismo índice BCI, lo que entrega una mala señal al mercado. Abaratar un medicamento hoy puede significar menos inversión en el próximo.

Brasil, en tanto, mejoró 17 puntos en su sistema regulatorio desde 2017 -llegó a 71,96% en 2025-, pero sigue arrastrando el golpe que un fallo judicial de 2021 le dio a la protección de patentes. La ciencia avanza. El marco legal que la protege, no siempre.

Volviendo a Taiwán, las 10.000 reuniones de negocios agendadas en los cuatro días del Investment Summit en el marco de BIO Asia-Taiwan 2026 no se sostienen sin cerrar contratos de manufactura y licencia, los mismos acuerdos que en Bogotá, São Paulo, Ciudad de México o Santiago todavía tardan años en negociarse.

La oferta taiwanesa, entonces, no es genérica. Es capital, protección legal estable y manufactura avanzada para biológicos y biosimilares que necesitan estándares internacionales para exportarse. A cambio, Taiwán necesita algo que no puede fabricar: pacientes, diversidad genética y la escala poblacional para ensayos clínicos costo-efectivos.

Es un intercambio donde Taiwán ofrece andamiaje financiero y regulatorio, y manufactura de precisión; y Latinoamérica, ciencia, materia prima biológica y hambre de capital. Costa Rica, por ejemplo, tiene un puntaje BCI de 87,5% en calidad de formación científica, pero su acceso al mercado sigue rezagado. Ese es exactamente el tramo del puente que Taipéi puede ayudar a construir.

La próxima BIO Asia-Taiwan será en 2027. La pregunta no es si a los laboratorios, startups e inversionistas latinoamericanos les interesará ir. Es si apreciarán las oportunidades que puede abrirles estar representados en la feria, o mejor aun, asegurarse un lugar en la sala donde se firman los contratos.

Marcel Oppliger

Editor de Taiwan Edge Latam, desde Taipéi

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